OpiniónPolítica

Miguel Guerrero escribe a Leonel Fernández

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Carta abierta de un ciudadano común al expresidente constitucional de la República Dominicana.

Conocedor de su interés por la historia política  y de su vasto ejercicio de la Presidencia de la República, a través  de tres mandatos constitucionales, me he tomado la libertad de recrear en esta carta abierta el ejemplo de uno de los líderes democráticos más sobresalientes de América Latina.

Me refiero a don Rómulo Betancourt, presidente de Venezuela en el periodo 1945-1949 y luego entre 1959-1964, cuando voluntariamente se echó a un lado para permitir que el surgimiento de un relevo del liderazgo de su nación, no se viera entorpecido por el fuerte sello de su influencia.

En 1964, tan pronto como hiciera entrega del poder a su sucesor democráticamente electo por el pueblo y se juramentara como Senador Vitalicio, en su condición de expresidente constitucional, como lo establecía la Constitución, Betancourt decidió ausentarse voluntariamente del país.

Su decisión estaba fundamentada en el deseo de romper la nefasta tradición de interferencia del ex mandatario en la gestión de su sucesor, que tan malos precedentes sentara en la historia política de Venezuela.  Objetada por aquellos que creían que el enorme peso de su liderazgo hacía aún necesaria su presencia física en el país, su gesto, en cambio, permitiría a Raúl Leoni, su sucesor, marcar su propio rumbo, con resultados invaluables para el proceso democrático (Véase capítulo 13 de La Ira del Tirano. El atentado de Los Próceres. 1994.Editora Corripio, de mi autoría).

Luego de juramentarse como senador vitalicio, el 2 de abril, solicitó permiso formal para ausentarse por tiempo indefinido.  Su discurso en esa oportunidad fue un ejemplo vivo de sus profundas convicciones.  No sólo prometía solemnemente abstenerse a su regreso de tomar activa participación en la vida parlamentaria.  Su compromiso iba más lejos.  Le aseguraba al país su inquebrantable decisión de mantenerse “al margen de la diaria y ardorosa polémica política”.

¿Pretendo con esto  descalificarlo, menospreciar su talento y su experiencia? Por supuesto que no. Pero temo que usted y su entorno íntimo rechacen  los límites que la realidad impone y sería una lástima que el activo que hoy todavía podría  representar  para el país se consuma vanamente en la búsqueda de una gracia que la historia le congeló.

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